En este caso no tengo un personaje intermediario. No hay una identidad que me esté representando con otras palabras y situaciones. Yo soy el narrador. Es mi historia. Esto es lo que soñé, tal cual lo soñé. Éste es mi sueño y mi realidad...
Era una gran conferencia.
Alguno de los ilustrados de la época daba un discurso y cientos de personas lo contemplábamos desde nuestros asientos.
Él o ella (realmente no me es posible recordarlo, por cuestiones que más adelante comprenderán) hablaba pero había una enorme conmoción en la sala. Una gran confusión reinaba en el cuarto, habían sombras recorriendo el lugar. Niños gritaban y madres lloraban. La confusión se asemejaba perfectamente a los pensamientos desordenados que ocupaban mi mente.
Abajo veía una figura. Una persona o un alma. Era un ente en el que, aún con los matices grisáceos que acompañan mis sueños por las noches, se mostraba enteramente ante mí como una ilusión, un sueño o una simple representación física de la hermosura. Sonreía en dirección hacia mí y yo no podía hacer más que ilusionarme. ¿Quién podía ser si no mi salvación? ¿Qué más podría estar representando, ahí, mirando en dirección hacia mí, si no una vía de escape, diciendo a gritos que me daría una vida diferente a la que me agobiaba? El rubor recorría sus mejillas, sus cabellos se agitaban entre la multitud y mis ojos no podían ver nada aparte del aura que de ahí emanaba. La contemplé y presa de mi embelesamiento no noté que llegó mi Ejecutor. Llegó y la tomó en sus brazos. Ella le sonrió y el rubor en sus mejillas aumentó. Y yo no pude soportar la escena que se me presentaba. Corrí y me alejé cuan rápido pude de aquella grotesca presencia. De aquella difícil verdad que yo negaba. De aquella verdad, que gritaba que yo moriría si no era capaz de alejarme. De correr y de no mirar atrás.
Salí del recinto bañado en sudor y en lágrimas. Corrí hasta que las imágenes se tornaron difusas y los colores se me olvidaron. Corrí y mi sueño por momentos se perdió. Me perdí en la nada. Mi mente se perdió pero no se libró de los sentimientos que el Ejecutor instaló en mí. Corría y corría, y sin embargo, regresé a mi punto de partida. Por una extraña fuerza de atracción que desconozco, volví, y me obligué a presenciar las mismas escenas que antes me agobiaron. Esperé con nerviosismo encontrarlos y lo único que vi fue a ella, en la puerta, esperando algo o a alguien. Mentiría si dijera que sé qué sentí. La vi, sola, parada en el umbral, con la mirada ausente y esa característica expresión de vaciedad que a veces acompaña al tipo de belleza que ella poseía. Por segunda vez contemplé sus mejillas, su piel blanquecina, sus dientes, sus labios. La pude ver con claridad por fin. Sin una sombra que la buscara, sin un Ejecutor que la acompañara. La observé y me alejé... Volví a correr y desperté...
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