miércoles, 25 de enero de 2012

El final

¿Te has detenido a pensar en lo fácil que tu vida puede ser? Seguramente nunca has sabido apreciar la perfecta pero mediocre nube que cubre tus ojos de la Tragedia y te impide ver la vida con ojos objetivos. ¡Ah! Mi intención no es criticar, no es molestar ni ofender; el único propósito que tengo es el de felicitar a aquellos conformistas, aquellas personas que viven ciegas ante nuestro mundo. Porque, ¿Qué sería del Hombre sin esos pilares que nos mantienen, hechos de dulce ignorancia? ¿A dónde llegaríamos si todos conocieran, si todos supieran sobre el verdadero mundo que nos rodea, si todos vieran lo que yo vi? Lo que yo conocí.
Yo, me duele confesar, fui alguna vez ciego, sordo y, por ende, mudo como ustedes. Sin una voz que ser escuchada, sin un motivo real por el cual existir, más que el simple propósito de existir. Existencia, ¿Es lo mismo que vida? La respuesta, contrario a lo que ustedes podrían pensar, es no. La vida duele, pero enseña. De la vida se aprende, después de haber tropezado. La vida enseña con mano dura, toca con oscuridad para que, cuando la luz se acerque sea cosa de niños observarla y apreciarla en su esplendor. Naturalmente, hablo de esto con un lenguaje tan relajado; tan, me atrevería a decir, sumiso, para no asustar al lector, sino incentivarlo para que continúe la lectura, porque si le mostrara, aunque fuese con palabras, la realidad, no se atrevería de nuevo a salir de su hogar.
Continúo; alguna vez fui, como decía, ciego, sordo y mudo. Fui ingenuo y bendecido con la ignorancia de mi alrededor. Tenía una vida, más que próspera, aceptable. Aceptable tomando en cuenta los parámetros imprecisos con los que era medida. Mis ciegos ojos me mostraban sombras con las que me conformaba, porque era lo que todos conocían y comentaban. La tragedia parecía un mito, la tristeza, un tabú. Pero yo quería, yo necesitaba encontrar algo más, algo que nos diera un sentido, una razón de ser.
Consumido por la curiosidad, por la necesidad, pasé mucho tiempo que, ante mis ojos, crecía y se convertía en detestables años, años que no entendía, que no quería entender. Mi revelación, me gusta pensar, fue el día en el que, concentrado en la pena, abrí los ojos, sumidos en mares de llanto y descubrí en mis libros la respuesta. Descubrí en las letras lo que ninguna voz me había contado, encontré en las hojas amarillentas el refugio, la verdad. Comencé a escribir y las palabras fluyeron por mi pluma, como si una ventana a ninguna parte se acabara de abrir. La vida (no la existencia) comenzó en el punto en el que mi pluma plasmaba mis deseos y mis sueños en el papel. Encontré el sentido del vivir en las historias plasmadas en papel. Mi cordura se rindió ante mi nueva forma de vivir y pasé años escribiendo. Pero, como con todas las situaciones humanas, el vacío se comenzó a presentar en forma de una novela que no conseguía terminar. El hecho de no conseguir el final adecuado para tantos años de escritura me carcomía a tal grado de abandonar las necesidades naturales para poder continuar con mi tarea. Abandoné las amistades y concurrencias que tenía con tal de poder llegar a ese final perfecto, a ese párrafo inalcanzable que me daría todo lo que soñaba. Llegué a la determinación de un loco estando cuerdo, llegué al abismo interminable de tratar de conseguir esas últimas palabras que mi alma necesitaba. ¿Era la muerte del personaje la respuesta? ¿Debía conseguir el final que él esperaba o debía dar un final trágico, en armonía con la tragedia inevitable que conocemos? Preguntas interminables giraban como cuervos a mi alrededor, como torbellinos devastadores. Tras mucho pensar resolví que el final era, sin duda, la muerte. Una noche fría me dispuse con mi pluma a darle como arma una daga al ejecutor de mi personaje cuando la puerta sonó. Repetí en silencio cientos de veces el final para que no se fuera a escapar de mi mente y me levanté a atender al visitante que a deshora llegaba a mi hogar. Abrí y, en mi falta total de comprensión del motivo de que me interrumpiese en un momento tan crucial no pude más que balbucear frases del final que estaba a punto de escribir y consumar. "Daga, en el pecho... Ejecuta... Final, debo..." las palabras que tan armoniosamente manaban de mi pluma se escondieron a la hora de necesitarles en mi boca. "Una daga... Atraviesa... Cuento... Años...". Mi visitante, alarmado, preguntó horrorizado el motivo de mi desatino al hablar. "Escribir... Final...". Cuando recuperé la cordura, después de unos segundos, logré articular lo que fueron mis palabras finales. "Disculpe usted mi incapacidad de comunicación, pero ruego que entienda que esto es muy importante y requiero, sin ánimo de ofenderle, que abandone mi puerta y no vuelva más". Mi visitante, aún estupefacto, preguntó, en el lenguaje vulgar de alguien temeroso, qué demonios sucedía. Resolví tener paciencia, puesto que él no sabía, él no entendía. "Le explicaré; estoy cerca de consumar el proyecto literario que hace tantos años abordé. Logré, después de tanto, conseguir el final, el añorado final a tanto tiempo de horrores. ¿Sabe usted cuál es la manera de terminar una historia? Naturalmente no. Así que me explicaré mejor. El final, debe ser perfecto, debe ser un final verdadero, un final que realmente termine y no deje cabos sueltos. Se preguntará usted cuál es el que yo conseguí; es la muerte. ¿Hay acaso algún final más certero? El final, ¡El final! No hay nada más importante, ¿Entiende ahora el motivo de mi agresión? Espero que me comprenda. Ahora bien, a sabiendas de que ya comencé y usted ha de tener curiosidad dentro queriendo una respuesta, le contaré. En este personaje, en este alter ego (porque, ¿Qué son los personajes sino espejos al alma del que les da vida?), la tragedia es necesaria. Es importante encontrar un final adecuado, matarle. Sí, ¡Matarle! !Ah! No se confunda, no soy partidario del dolor, ¡Todo lo contrario! Es necesario poner fin para que la vida siga su curso apropiado. Mi personaje será apuñalado, ¡Justo en el corazón! ¿No le parece perfecto? Una daga, como sentimientos, haciendo alusión a la tragedia natural, ¡justo en la fuente del ser! ¡Una daga!" Expliqué de mil formas diferentes el bello motivo que había encontrado pero el rostro horrorizado de mi visitante no se disipaba y cuando me dispuse a terminar la conversación, atónito, escuché las palabras que emanaban de su boca como ríos, gritando. "¡Pero la daga, entiéndame, está en su corazón! ¡En el suyo propio!". Por fin entendió. Alegre y aliviado, grité. "¡Sí! ¿Es que aún no lo entiende? La daga en el corazón es el final!"

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